lunes, 18 de febrero de 2008

Domingos de Mediterráneo

Amo las tardes de esos domingos en el Mediterráneo, en los días de verano que amanecen nublados y calientes, espesos como puré de garbanzos, pegajosos como la resina de los pinos. Tardes de mañanas en las que el cerebro se licúa, percutido por el calor y el grosor del aire, en las que molesta la humedad de las sábanas que han abrazado tu cuerpo durante la noche, en las que las horas se hacen tan blandas que parecen no pasar nunca... Esas tardes te preparan para alcanzar la sabiduría de los más famosos filósofos de la antigüedad. Los actos más nimios, más cotidianos, adquieren su significado más puro y más profundo: las abluciones matinales, realizadas con el más exquisito deleite, como ofrenda a tu cuerpo, dios último de todos tus actos; el aroma de café que inunda toda la estancia, mezclándose con los recuerdos de tahona de la tostada que estás preparándote; el milagro de la luz que atraviesa el chorro de aceite virgen de oliva que derramas sobre el pan; el humo del cigarrillo que aspiras después del desayuno; el lento discurrir de tu mirada sobre los titulares del periódico; el tacto de esa camisa blanca de hilo sobre la piel, curtida de sol y sal.
Abrir la puerta de la casa sintiendo la vaharada húmeda y caliente; pisar el camino que has elegido al azar para pasear, sintiendo la tierra en tus pies enfundados en tus viejas sandalias grecolatinas. Dejar que éstas te lleven, indefectiblemente, al mar; fundir tu alma con la visión del gran azul, dejando pasar las horas. Volver al frescor de tu casa y preparar un sofrito con las más hermosas joyas de la huerta. Comer con detenimiento las verduras más escogidas junto al vaso de vino rojo que hayas elegido. Releer algún viejo amado libro mientras el sopor te va invadiendo. Dormitar una siesta eterna, acompasada por el zumbido de una mosca, esperando en vano que las cortinas del dormitorio se hinchen de levante. Oir, como en la lejanía, los ladridos de tu perro persiguiendo a los mirlos del jardín... La blandura, la lentitud de las horas, ha servido para reconciliarte con ese mundo que no terminas de entender. Con esa mentira compartida y mantenida por casi todos, que terminó por erigirse en verdad. Saber que tu tiempo se extingue, que el telón se volverá a levantar en unas horas y habrá que volver a representar el papel, cualquiera que sea. Pero tu domingo y el recuerdo del brillo metálico del mar, de luz atravesando el aceite y el sabor de las verduras habrán vuelto a conseguir el milagro de tu inmortalidad.

Ojos de Topacio

Existe un lugar en algún lugar donde se remansan todas las tormentas. Un sitio donde los cansancios desaparecen. Un espacio en el que yo soy tan yo como jamás lo he sido ni lo seré. En el que, tumbado en la blanca y caliente arena, puedo fundirme en eterna contemplación. Cuando lo miro, a la hora del atardecer, es como si mirara fijamente unos ojos de misterioso color topacio. Y su mirada me llena de un sentimiento inexplicable que grita a mi espíritu que se abandone, que rompa sus ataduras y se expanda. A esa hora, a la mágica hora en que las sombras son más altas que los cuerpos, gusto de contemplar esa ensenada, esos ojos de topacio... Mirar sin pestañear hasta que el cerebro, percutido por un sol único y por su reflejo en las transparentes aguas, crea en mí la quimera de una dama que se pasea envuelta en un halo de mágica luz blanca y que me hace gestos para seguirla. Sé que quiere mostrarme un camino que termina en la libertad. Y si escucho con la máxima atención, una melodía como no existe otra llega a mis oídos. Un sonido que me transporta a la época en la que el "todos para uno y uno para todos" era una manera de vivir.

Y allí quisiera quedarme para siempre. Allí, en esos ojos de topacio que no hace mucho descubrí pero a los que pertenezco desde el orígen de los tiempos. Esa arena, como una femenina piel dorada de tacto de melocotón maduro, que reacciona erizándose cuando, lentamente, la acaricio con mis dedos, es el lecho donde quisiera descansar todas las noches. Los montes escarpados que ponen ese contrapunto de firmeza a la tersa blandura del entorno se me antojan unos duros pechos femeninos, inaccesibles por lejanos, a la mano si corriera hacia ellos. Y por qué correr, por qué acelerar nada si su sola contemplación genera en mi alma un tropel de sensaciones, un alud de ensoñaciones. Y cuando, bien levante, bien poniente, deciden hacer acto de presencia, llenan mis oídos húmedos suspiros, jugosas exhalaciones, expresiones acuosas de un prometedor y futuro placer como ningún otro ha escuchado jamás. Tumbarme encima de su arena, pasear mis dedos por ella, escuchar sus gemidos de goce y mirar su ojos de topacio es el acto de amor más puro que jamás hubo.

Y ese lugar debe permanecer en secreto. Algunas veces el secreto es necesario para asegurarnos la pervivencia, para seguir adelante teniendo un motivo. Ustedes me perdonarán, pero mis labios dirán su nombre y de mi boca no saldrá un sonido. Es y será mi tesoro.

Adagio de Otoño

Sucede en esta época del año que gusto de observar el mundo a mi derredor con detenimiento, con exquisita lentitud y delectación. El vértigo del que soy presa durante el estío, la desazón que me anega durante la primavera y la meditativa introspección en la que me sumo durante el invierno desaparecen con el cambio de color de las hojas, con el sabor dulce de las primeras uvas en mi boca.
En otoño una música apacible hace presa en mí desde que asomo al mundo por la mañana. Un compás pausado, sosegado, en el que violines, fagots, flautas, tubas, violoncelos y piano ponen armonía a la caída de las hojas, a la bruma que juega entre los montes y colinas frente a mi casa, dejando aparecer, cuando se retira, la más variopinta gama de rojos, verdes, amarillos y naranjas en una paleta cromática tal, que no ha habido ni habrá nunca paisajista que sepa recogerla y hacerla suya. Y en mitad de esa sinfonía de colores surge de mi interior una melodía dulce, el adagio de la calma, de la paz. Música que viste la desnudez de los árboles, que presagia la adelantada muerte del sol, el advenimiento de la diosa luna. Verdadera estación de los sentidos, de la sensualidad. Estación del silencio en la que gritan a pleno pulmón los sentimientos.

Y esta música trae consigo lluvia que cae sobre la tierra sedienta, sobre el polvo y la suciedad. Y es entonces cuando, año tras año, descubro que la lluvia es más que agua del cielo. Que es olor de la tierra, de la hierba, de los árboles. Que es el silencio momentáneo de los pájaros, el descanso para un sol que a veces juega a aparecer con exiguos rayos entre la masa de nubes, para engalanar el entorno con un misterioso juego de plúmbeas luces que hacen indefinidas y confusas las horas del día y me aproximan a la idea de moradas deíficas.

Y mientras todo esto sucede, Bach, Vivaldi, Delalande y otros maestros del barroco me ayudan a comprender, a profundizar en los milagros que ante mí se producen. Entre los acordes de sus obras acierto a encontrar el perdón, el que debo por las ofensas contra mí cometidas y el que me deben por los pecados que, necesaria, vitalmente, he cometido, cometo y cometeré. Y entre sus notas vislumbro el camino. Mi camino. El que estoy impelido a seguir.